Por más gente como él

Menos mal que en el mundo aún queda gente como Joaquín.

Joaquín es un hombre de unos 40-45 años, alto ejecutivo de una gran empresa internacional dedicada a temas inmobiliarios.

El otro día, hace apenas una semana, un sábado, Joaquín se acercó a un supermercado de su zona a hacer algo de compra y, al ver que en la puerta había un hombre mendigando, se paró a hablar con él.

El hombre, que estaba medio ciego y tenía un ojo con bastante mala pinta, le contó que era de Praga y que había venido a España a probar suerte, pero que había ahorrado lo suficiente para volver a su país porque aquí la cosa no le estaba yendo demasiado bien. El martes tenía el vuelo.

Al preguntarle por su ojo, el checo respondió que tenía 13 dioptrías de miopía y que se le había roto un cristal de sus gafas, por lo que no podía ponérselas.

Joaquín entró en el supermercado y salió con dos bolsas llenas de patatas fritas, embutido y comida para el checo. Le deseó suerte y se marchó a su casa.

Pero Joaquín no es como las demás personas. Su encuentro con el mendigo del supermercado le hizo dar vueltas y más vueltas durante toda la noche y, al día siguiente, estudió todas las maneras posibles de conseguir comprar unas gafas para el checo.

Había sido hasta hacía poco tiempo gerente de un gran centro comercial de Madrid, por lo que llamó a la óptica del centro y preguntó si podrían hacerle unas gafas para el día siguiente. Nada. Imposible.

Tras mucho investigar (recordemos, domingo), consiguió encontrar una óptica donde le hacían unas gafas de 13 dioptrías en el plazo de un día. Las encargó, pagó alrededor de 70 euros y, dado que él el lunes trabajaba, mandó a su mujer al supermercado a entregarle las lentes al mendigo que, por cierto, está embarazadísima.

Pero, no contento con eso, el martes Joaquín se levantó con la historia aún en la cabeza. Llenó una maleta con ropa y varias cosas y enfiló María de Molina y la A-2 en dirección al aeropuerto. Recordaba de su conversación con el mendigo que era el martes cuando volaba, y miró en la página web de AENA la hora exacta para no equivocarse.

Cuando llegó al aeropuerto, se dio cuenta de que no podría pasar a la puerta de embarque sin un billete. Aunque habría sido perfectamente capaz de comprarse un billete, habló con un vigilante (o Guardia Civil, o lo que fuera) y le contó toda la historia: que estaba buscando a un mendigo, al que le iba a entregar ropa y comida, que era muy importante etc. Sin dudarlo demasiado, el vigilante le dejó pasar sin ningún problema y, una vez dentro de la zona de embarque, Joaquín tuvo la suerte de encontrarse con el checo. El pobre hombre alucinó tanto que se echó a llorar y no dejó de dar las gracias y de preguntar por qué. Por qué él había podido tener tanta suerte. La suerte de encontrarse con alguien como Joaquín.

Y que lo más fuerte sea que yo no dejo de pensar en la noche que debió pasar ese vigilante cuando cayera en la cuenta de las consecuencias que podría haber tenido lo que había hecho…

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