De unas y otras pesadas cenas

De cena en cena, me he cruzado con todo tipo de especímenes.

Yo soy una persona de hambre fácil y, por tanto, de pocas tonterías a las horas de repostaje. Es decir, que como me llegue la hora, pobrecito del que me haga esperar.

Pero, precisamente por esto, suelo tener la gran maldita suerte de cruzarme con lo más granado de la sociedad y toda clase de personajes dispuestos a amenizar, a su manera, cualquier reunión.

Los peores son los típicos insolentes, descarados que, además, para más inri, suelen tener un vozarrón de ésos que monopolizan conversaciones.

Son de ésos que, además de darte la chapa con discursos egocéntricos, te dan repetidamente palmaditas en el pecho con el reverso de la mano al grito de “¿Y tú?”, ¿Y tú?”. Para que opines.

Y te entran ganas de decir: “Mira, yo lo que opino es que eres un desgraciaoooooooo”.

Una buena cena debe disfrutarse con una conversación agradable. No?

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